Mateo se detuvo en seco. A pocos metros, Lucía estaba recostada en los brazos de un completo desconocido, y sus miradas entrelazadas en un gesto de complicidad. La escena despertó en él una tormenta de emociones. Su semblante, habitualmente imperturbable, se contrajo en una mueca de rabia apenas contenida.
Hasta donde sabía, Lucía no solía relacionarse con otros hombres. Verla así, tan cercana a este extraño, le revolvió las entrañas. Sin ser consciente de sus movimientos, sus pies lo llevaron r