Nataniel se mostró intolerante, frente a ella le gustaba parecerse al mismísimo diablo.
—Por favor no perdamos el tiempo porque para mí es oro, es cierto que tú ya no trabajas, pero yo sí tengo que estar todos los días al frente de muchas empresas.
—Por su culpa me he quedado sin trabajo. —Reclamó entre dientes.
—Yo no fui el atrevido de meterme en la cama de un desconocido, y lo peor, hacerlo por dinero.
—Ah, por cierto, por culpa de los nervios que tengo de verlo por aquí, ya se me estaba olvidando de comentarle sobre algo que me encontré y que comprueba mi inocencia.
La chica está ansiosa por mostrarle aquel papel que encontró en el casillero de la habitación de su hermana Tamara.
—Entonces, hazme pasar para estar más cómodos.
—Está bien señor, pase adelante y sea bienvenido a mí… hogar. —Dijo la muchacha bajando la voz y su rostro.
—¡Qué hace este inválido en mi casa! —¿Qué estás haciendo tú con él, Camila? —la voz furiosa del señor de la casa resonó como a tres cuadras.
—Papá,