Tres semanas después del balcón y las dos sillas de aluminio y el sí de una sola sílaba, la vida en el penthouse de Polanco había encontrado su forma real.
No la forma del protocolo de cuatro páginas, que era la forma que la situación requería cuando dos personas que no se conocían necesitaban estructuras externas para coexistir sin colisión. No la forma del documento de una sola regla, que era la versión honesta de lo que ya existía cuando las estructuras externas ya no eran necesarias pero el