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El penthouse de Máximo Cienfuegos ocupaba el piso diecinueve de un edificio de Polanco que tenía el tipo de fachada que no necesitaba anunciarse porque ya lo decía todo con su silencio: los ventanales de piso a techo, el mármol de la entrada, el portero que abrió la puerta del auto antes de que Valentina tuviera tiempo de buscar la manija. Era el tipo de lugar que en otras circunstancias le habría arrancado una exclamación de asombro. En estas circunstancias, mientras cruzaba el vestíbulo con una maleta de ruedas que Camila había llenado en veinte minutos con una lógica completamente propia —cuatro vestidos, cero pijamas, un libro que Valentina no había pedido y dos pares de aretes que definitivamente no necesitaba—, solo pudo pensar que todo aquel mármol frío y toda aquella luz calculada se parecían demasiado a su nuevo marido.

Máximo entró detrás de ella sin decir nada, dejó su saco sobre el respaldo de una silla con el automatismo de quien lleva años haciendo el mismo movimiento, y encendió las luces del salón principal con un gesto en el panel de la pared.

El departamento se reveló en toda su extensión.

Era, sin ninguna duda, el lugar más hermoso en el que Valentina había estado en su vida, y también el más inhabitable. Las paredes eran blancas con detalles en concreto aparente, los muebles eran de ese gris oscuro que los catálogos de diseño llaman antracita y que en realidad significa el color de un lugar donde nadie se sienta a ver la televisión en pijama. Sobre la chimenea de piedra había una sola escultura abstracta de metal negro, y las plantas —porque había plantas, perfectamente alineadas junto al ventanal que daba a la ciudad iluminada— eran todas del tipo que crece sin florecer nunca, solo hojas, solo estructura, solo la promesa contenida de algo que no termina de ocurrir.

Como él, pensó Valentina, y después se irritó consigo misma por haberlo pensado.

—Tu habitación está al fondo del pasillo, la segunda puerta —dijo Máximo, que ya estaba revisando algo en su teléfono con esa capacidad suya de procesar varias cosas simultáneamente que a Valentina le resultaba casi ofensiva—. El baño es privado. Hay toallas en el armario.

—Qué generoso —murmuró ella.

Él no respondió. En cambio, se dirigió al escritorio que ocupaba un rincón del salón, abrió un cajón y extrajo un sobre manila que depositó sobre la mesa de centro con la misma naturalidad con que se deposita el correo del día.

Valentina lo miró.

—¿Qué es eso?

—Las reglas de convivencia —dijo Máximo, con una entonación completamente neutral, como si acabara de decir las instrucciones del microondas.

Valentina tomó el sobre. Lo abrió. Extrajo cuatro páginas impresas en una fuente de doce puntos, con márgenes correctos y un encabezado que decía, con una formalidad que en cualquier otra situación habría sido cómica: Protocolo de Convivencia — Cienfuegos/Cisneros — Período provisional.

Lo leyó en silencio durante aproximadamente ocho segundos. Después lo leyó en voz alta, porque algunas cosas solo terminan de ser reales cuando las escuchas salir de tu propia boca.

Horarios de uso de la cocina: siete a nueve de la mañana para el residente principal, nueve y media en adelante para la residente temporal. —Hizo una pausa—. Residente temporal. Qué romántico.

Máximo no levantó la vista de su teléfono.

—Sigue —dijo.

Las áreas comunes deberán mantenerse en silencio después de las diez de la noche. —Valentina levantó los ojos hacia él por encima del papel—. ¿Y si estornudo? ¿Hay un protocolo para eso también?

—Página tres.

Ella lo miró fijamente durante un segundo. Pasó a la página tres. No había ningún protocolo para el estornudo, lo que en cierta medida fue una decepción, porque el absurdo total habría sido casi reconfortante.

Lo que sí encontró en la página tres fue la cláusula que le heló algo que ya estaba bastante frío.

No existe expectativa de vida social compartida fuera de los compromisos públicos acordados previamente. —Valentina bajó el documento despacio y lo colocó sobre la mesa con una precisión que era lo opuesto exacto de lo que sentía por dentro—. Máximo.

Él levantó la vista.

—¿Sí?

—¿Cuánto tiempo llevas preparando esto?

La pregunta tenía varias preguntas dentro, y ambos lo sabían. Él la sostuvo con la mirada durante un instante que se extendió más de lo cómodo.

—El tiempo suficiente —respondió.

Valentina sintió que algo se tensaba en su pecho, una cuerda que llevaba tensa desde la tarde y que en algún momento iba a romperse, aunque todavía no sabía si lo haría hacia adentro o hacia afuera. Recogió el documento, volvió a meterlo en el sobre y lo dejó donde él lo había dejado.

—Muy bien —dijo, con una voz que era un ejercicio de contención—. Seguiré las reglas. Pero quiero que sepas que este documento es la cosa más triste que he leído en toda mi vida, y he leído los términos y condiciones de iTunes.

Algo cruzó el rostro de Máximo. No era una sonrisa, exactamente. Era el lugar donde una sonrisa habría estado si él hubiera sido otro tipo de hombre.

—Buenas noches, Valentina —dijo, y giró hacia su escritorio.

Ella tomó su maleta y caminó hacia el pasillo.

La habitación de huéspedes era exactamente lo que el nombre prometía: funcional, impersonal y decorada con la calidez de un catálogo de hotel de negocios. La cama era grande, las almohadas eran perfectas, y sobre la mesita de noche había un vaso de agua y dos pastillas de paracetamol que definitivamente no estaban ahí cuando Valentina había pasado por el pasillo diez minutos antes.

Las miró durante un tiempo que no supo medir.

Máximo Cienfuegos, pensó, que redactó cuatro páginas de protocolo de convivencia y dejó pastillas para el dolor de cabeza sin decir una sola palabra al respecto, porque decirlo habría arruinado el sistema.

Las tomó. Se quitó el vestido de novia con la dificultad específica de quien lo hace sola por primera vez en su vida, lo dobló sobre la silla del rincón porque no tenía energía para odiarlo todavía, y se metió en la cama con la camiseta y los shorts que Camila había metido en el fondo de la maleta con una previsión que la hizo querer llorar de gratitud.

No lloró.

Se quedó mirando el techo durante dos horas y cuarenta minutos.


A las tres de la mañana, cuando el departamento llevaba un rato en silencio absoluto y la ciudad al otro lado del ventanal seguía brillando con esa indiferencia luminosa que tienen las ciudades grandes por las noches, Valentina se levantó porque su cuerpo había decidido que el sueño era un lujo que no se había ganado esa noche.

Caminó hacia la cocina descalza, con el sigilo instintivo de quien no quiere despertar a nadie, aunque en el fondo no sabía muy bien por qué. Las reglas decían silencio después de las diez, pero el documento no especificaba qué hacer cuando una no puede dormir en su noche de bodas más extraña de la historia de las bodas extrañas.

Fue entonces cuando vio la luz.

La lámpara del escritorio del salón estaba encendida, proyectando un círculo cálido sobre la superficie de trabajo, y Máximo estaba sentado frente a ella con los planos extendidos bajo sus manos. No había cambiado de ropa, seguía con la camisa de la boda aunque con los dos primeros botones abiertos y las mangas dobladas hasta el codo. Tenía una pluma en la mano y un vaso de whisky a la derecha que parecía sin tocar.

Pero no era eso lo que detuvo a Valentina en el umbral del pasillo.

Era su cara.

Máximo Cienfuegos, el hombre del protocolo y de las reglas y de los silencios calculados, tenía en ese momento una expresión que no se correspondía con ninguna de las versiones de él que Valentina había visto hasta entonces. No era frialdad. No era cálculo. Era algo mucho más antiguo y más pesado, algo que se parecía al agotamiento pero que venía de un lugar más profundo que el cansancio físico, algo que Valentina habría llamado dolor si hubiera estado completamente segura de que ese hombre era capaz de sentirlo.

Lo miró durante tres segundos que se sintieron como una intrusión.

Máximo levantó la vista de los planos.

Sus ojos encontraron los de ella en la penumbra del pasillo, y por un instante —un instante apenas, antes de que la máscara volviera a su lugar con la eficiencia de algo muy entrenado— Valentina vio en ellos algo que no supo qué hacer con ello.

—Son las tres —dijo él, con una voz que tenía una textura diferente a todas las que había usado durante el día. Más baja. Menos construida.

—Lo sé —respondió Valentina.

El silencio entre ellos duró lo suficiente para que ambos supieran que ninguno iba a explicar nada.

—Ve a dormir —dijo Máximo, bajando la vista de regreso a sus planos.

Valentina permaneció en el umbral un segundo más, mirando la línea de su hombro inclinado sobre el trabajo, el vaso de whisky sin tocar, la expresión que ya había desaparecido pero cuya huella todavía flotaba en el aire del salón como el aroma de algo que se quemó hace rato.

Regresó a su habitación sin decir nada.

Y por primera vez desde que el mensaje de Rodrigo había destruido la tarde, no pensó en Rodrigo.

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