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La sacristía olía a incienso viejo y a las flores que alguien había colocado esa mañana con la convicción de que el día terminaría bien. Valentina seguía de pie junto a la ventana angosta que daba al jardín lateral de la iglesia, con el ramo destrozado todavía entre sus manos, mirando sin ver los naranjos que crecían al otro lado del vidrio. Afuera, el cielo de la Ciudad de México se había puesto de ese color anaranjado intenso que tiene en los atardeceres de mayo, como si el mundo entero hubiera decidido ponerse dramático en solidaridad con ella.

Máximo cerró la puerta de la sacristía con cuidado, y ese sonido suave y definitivo fue más elocuente que cualquier cosa que pudiera haber dicho.

—Tenemos aproximadamente cuatro minutos antes de que alguien entre —dijo, sacando el teléfono del bolsillo interior de su saco y consultando algo en la pantalla con esa eficiencia que Valentina había notado antes en él y que en ese momento le resultaba físicamente irritante—. Necesito que me escuches.

—Ya te escucho —respondió ella, sin girarse—. Sigues siendo la persona que me acaba de pedir matrimonio en un pasillo, así que tienes mi atención completa.

Máximo ignoró el tono. Se colocó frente a ella, obligándola a mirarlo, y Valentina entendió de inmediato que era el tipo de hombre que no dejaba salidas laterales, ni en una conversación ni, probablemente, en ninguna otra dimensión de la vida.

—Mi familia tiene un acuerdo con la tuya —comenzó, con la misma cadencia con que debía explicar los planos de un proyecto a un cliente difícil—. No es solo una boda. Hay contratos firmados, una sociedad de inversión entre mi padre y el tuyo que lleva dos años estructurándose. Si hoy se anuncia que el matrimonio no ocurre, esa sociedad se cae. Y si esa sociedad se cae, tu padre pierde el capital que ya adelantó. Todo.

Valentina se giró entonces, despacio, porque sus piernas necesitaron un segundo para recordar que seguían funcionando.

—¿Mi papá lo sabe?

—Tu padre está en el pasillo de afuera rezando para que yo encuentre una solución —dijo Máximo, sin suavizar absolutamente nada—. Y yo la encontré.

El silencio que siguió tenía peso. Valentina lo sintió en los hombros, en el cuello, en algún lugar detrás del esternón donde todavía guardaba la esperanza de que todo aquello fuera un malentendido monumental del que Rodrigo iba a aparecer a explicarse.

—Un matrimonio de seis meses —continuó él, como si la propuesta fuera un contrato de arrendamiento y no algo que en condiciones normales implicaba flores, promesas y al menos la ilusión de sentimientos—. En papel. Vivimos en el mismo lugar, aparecemos juntos en los eventos necesarios, mantenemos la estructura mientras los contratos se formalizan. Al término del plazo, divorcio por mutuo acuerdo. Ningún escándalo. Ningún daño.

Valentina lo miró durante un tiempo que no supo medir.

El mismo lugar, había dicho. No mi casa, no un departamento. El mismo lugar, como si ya hubiera calculado exactamente cómo funcionaría la logística, como si ella fuera una variable que ya había incorporado a la ecuación antes de que ella misma tuviera oportunidad de opinar.

—¿Y tú qué ganas? —preguntó, porque era la pregunta que él no había respondido, y Valentina había aprendido muy temprano en la vida que cuando alguien te ofrece algo sin explicarte qué obtiene a cambio, siempre hay algo que no te están contando.

La mandíbula de Máximo se tensó de una manera casi imperceptible.

—Evito que el nombre de mi familia quede asociado a un escándalo público —dijo, y era una respuesta completa y al mismo tiempo completamente insuficiente, y ambos lo sabían.

Valentina soltó lo que quedaba del ramo sobre la silla más cercana. Las gardenias muertas cayeron con un sonido suave y definitivo sobre el terciopelo rojo del asiento.

—Que conste —dijo, y su voz tenía una firmeza que la sorprendió a ella misma, porque por dentro seguía sintiéndose como cristal agrietado—, que esto lo hago por mi familia. No por ti. —Hizo una pausa calculada—. Y si en algún momento me tratas como si fuera un mueble, me largo aunque se caiga el mundo. ¿Quedó claro?

Máximo la sostuvo con la mirada durante dos segundos exactos.

—Perfectamente —respondió.

Lo que ocurrió después sucedió con la velocidad desconcertante de las cosas que se organizan cuando el dinero y la desesperación trabajan juntos. El padre Mendoza fue informado en términos vagos de un cambio de último momento que requería su comprensión pastoral. Los padres de ambas familias firmaron algo que Valentina no leyó porque sus manos temblaban demasiado y no quería que Máximo lo notara. Camila, su hermana, apareció de la nada con los ojos rojos de haber llorado y la expresión de quien acaba de recibir la noticia del fin del mundo y está procesando si reír o gritar.

—¿Vas a casarte con el hermano? —susurró, aferrándola del brazo en el momento en que las madres de ambos se alejaban hacia el altar—. Val, eso es una telenovela.

—Ya lo sé —susurró Valentina—. No me lo recuerdes.

—¿Lo conoces siquiera?

—Lo suficiente para saber que no me cae bien.

—Eso —dijo Camila, con una lógica completamente suya—, es exactamente cómo empiezan todas las historias que terminan complicadas.

No hubo tiempo para más. El órgano comenzó de nuevo, con la misma pieza de Bach que había sonado una hora antes para una boda completamente diferente, y Valentina Cisneros caminó hacia el altar por segunda vez en el mismo día, ahora del brazo de su padre, que apretaba su mano con una fuerza que decía todo lo que no podía decir en voz alta.

Máximo ya estaba de pie junto al altar cuando ella llegó. Se había ajustado el saco, tenía las manos enlazadas frente a su cuerpo, y la miraba acercarse con esa expresión de ecuanimidad absoluta que Valentina ya empezaba a identificar como su estado natural y que le producía una mezcla casi igual de admiración e irritación.

Las palabras del padre Mendoza llegaron a ella filtradas por una especie de neblina. Valentina respondió en los momentos correctos porque su boca funcionaba de manera autónoma mientras el resto de ella observaba la situación desde una distancia prudente, como si todo aquello le estuviera ocurriendo a alguien más en una película que no había elegido ver.

Sí, quiero.

Las palabras de Máximo sonaron firmes, sin vacilación, sin el registro de emoción que habría tenido cualquier persona normal pronunciando esas dos palabras en ese contexto. Cuando llegó el turno de Valentina, respiró hondo, sintió el peso de doscientas miradas sobre su espalda, y dijo también que sí.

El padre Mendoza los declaró marido y mujer.

—Puede besar a la novia —dijo, con la entonación de alguien que ya había decidido no hacer preguntas sobre lo ocurrido esa tarde y llevarlo directamente a confesión.

Máximo se giró hacia ella. Sus ojos oscuros la encontraron, y por primera vez desde que se habían encerrado en la sacristía, Valentina vio en ellos algo que no era cálculo ni frialdad. Era algo mucho más difícil de nombrar, algo que desapareció en menos de un segundo, antes de que ella pudiera estar segura de haberlo visto.

Él se inclinó hacia ella con una lentitud que el protocolo no exigía. Su mano encontró la mandíbula de Valentina con una delicadeza que tampoco exigía el protocolo, y sus labios rozaron los de ella durante exactamente dos segundos.

Dos segundos.

No era nada. Era el beso más breve y más formal que Valentina había recibido en toda su vida adulta. Era, objetivamente, un gesto vacío realizado para el beneficio de doscientos testigos.

Y sin embargo, cuando Máximo se apartó y la multitud comenzó a aplaudir, Valentina descubrió, con una consternación que no tenía ningún lugar en ese día ni en ese matrimonio ni en ninguna versión razonable de su vida, que su corazón estaba latiendo más rápido de lo que debería.

Dos segundos, se repitió, mirando hacia el frente mientras sonreía para los fotógrafos. No fue nada.

Pero la calidez de su mano sobre su mandíbula todavía estaba ahí, grabada en su piel como una advertencia.

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