La copa de vino llevaba veinte minutos sobre la mesa del balcón sin que Valentina le hubiera dado más de dos sorbos.
No era que no quisiera beberla. Era que su cerebro había decidido, de manera unilateral y completamente inconveniente, que la única operación que era capaz de ejecutar en ese momento era la de repasar en bucle la frase de Máximo con la precisión obsesiva de quien busca en un texto una clave que sabe que está ahí pero que no termina de encontrar en el lugar donde la busca. Porque