El bar en la colonia Roma parecía diferente a la luz del día. Las luces de neón que habían creado una atmósfera de intimidad calculada aquella noche hace un mes ahora estaban apagadas, dejando el espacio crudo y expuesto bajo la luz natural que se filtraba a través de las ventanas empañadas. Ximena entró a las tres y veinticinco, cinco minutos antes de la hora acordada, con el corazón latiendo contra sus costillas como un pájaro enjaulado.
El lugar estaba vacío excepto por el bartender—un hombre