Nadia no respiraba. No se movía. Solo permanecía congelada en el vestíbulo con el cubo volcado resonando a sus pies, el silencio sofocante presionando desde cada rincón de la habitación mientras una realización humillante seguía dando vueltas en su mente.
Esta era la segunda vez.
La segunda vez que había entrado directamente en una habitación que no le pertenecía. La segunda vez que se había sorprendido a sí misma de pie en un lugar donde absolutamente no debería estar, sin explicación lógica y