Cuanto más nos alejábamos de la casa de Harold, más fácil me resultaba respirar. Era como si hubiera tenido un peso sobre el pecho durante la última semana que me iba asfixiando poco a poco.
Había estado demasiado cerca de empujar a Harold al límite. Fue estúpido y temerario, pero estaba harta de que intentara aplastar aún más mi ánimo. Quería ver cómo su mundo se quemaba con todas mis fuerzas. Había estado a punto de castigarme con los puños, o con su polla, y solo podía agradecer a mi buena s