Julián se quedó inmóvil.
Al mirar a Elena tan cerca, sintió que se le encogía el corazón.
Ella dejó de pellizcarle la mejilla, bajó la cabeza y murmuró:
—Gracias por ayudarme a darle una paliza a ese vago de la escuela de al lado. No se me va a olvidar.
La borrachera la tenía aturdida y apenas podía mantenerse en pie junto a la calle.
Él la llamó en voz baja:
—Elena.
Ella dio un paso hacia él y levantó la cara.
—¿Qué pasa?
Tenía las mejillas rojas y una voz suave, con un dejo infantil.
El tenue