Pero al pensar en ello...
Una fina capa de rubor teñía su rostro.
En ese momento, de repente se escuchó un golpe en la puerta: —¿Ya te dormiste?
Fabiola abrió la puerta y, al levantar la cabeza, vio los pectorales de Benedicto que se asomaban bajo su camisa abierta. Sus mejillas se tornaron aún más rojas: —¿Por qué viniste aquí? ¿No te dije que te sentaras un rato?
—Vine a ver si te habías caído en el inodoro —dijo Benedicto al ver el rubor en las mejillas de Fabiola, lo que mejoró aún más su hu