El contenido de los archivos en su interior también era normal.
Y era aún más rico que el primero.
Fabiola frunció las cejas, todavía incapaz de creer que había gastado mil dólares para comprar información tan valiosa.
Natalia, de pie detrás del escritorio, vio a Fabiola fruncir el ceño y no se atrevió a hablar.
Después de un rato, cuando Fabiola cerró la computadora, Natalia no pudo resistirse y preguntó: —Fabiola, aún no has respondido mi pregunta de ayer.
Fabiola preguntó: —¿Qué pregunta?
—¡S