La mirada de Dorian mantenía a Francine anclada, como si fuera un ancla en medio del torbellino que ella sentía por dentro.
Su pecho subía y bajaba con un ritmo acelerado, casi agitado, hasta que por fin respiró hondo, buscando fuerzas para decir lo que le quemaba en la lengua.
—Está bien, señor Villeneuve —murmuró, con la voz cargada de desafío y nerviosismo—. Pero ¿y usted? ¿Será solo mío… o tendré que compartirlo con otras mujeres de la alta sociedad, todas enloquecidas por un hombre guapo y