Francine se escondió detrás de una de las columnas del pasillo lateral, con el corazón desbocado.
Sentado al borde del salón, apoyado casualmente en un costado de la grada improvisada, ahí estaba él: Dorian.
Sin blazer, sin camisa social, sin corbata.
Llevaba un polo oscuro, jeans y tenis.
Miraba el celular como si estuviera aburrido, completamente ajeno al frenesí que dominaba el lugar.
— No. No, no, no, ¡no! — murmuró en voz baja, como si repetir la palabra fuera a hacer que el hombre desapar