212 - Herencia de hierro

El despacho olía a madera encerada y a whisky caro.

El sol atravesaba las cortinas pesadas, dibujando franjas doradas en el suelo que parecían dividir el espacio en territorios invisibles. Y Oscar Villeneuve, como siempre, ya había elegido el suyo.

Cuando Dorian entró, su padre estaba de espaldas, girando el vaso entre los dedos, el líquid

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