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Mi vida se puede resumir en tres cosas: sobrevivir con poco dinero, tomar malas decisiones para intentar arreglarlo y criar a un niño de cuatro años que vino a este mundo con la misión de acabar con mi cordura.
Si existiera un manual para madres solteras que son un desastre, yo sería la autora, el libro seguro estaría manchado de café y con las esquinas mordidas por un niño que jura ser un tiranosaurio Rex.
—Leo, baja de ahí —dije, intentando sonar autoritaria.
—No —respondió, muy decidido.
Respiré profundo, cuando iba en dos ya perdía la paciencia.
—Si te caes, no te recojo, te lo advierto.
Él me sostuvo la mirada como si me evaluara.
—No me voy a caer, soy fuerte —dijo, alzando un brazo y cerrando el puño.
Mi hijo medía poco más de un metro, llevaba su camiseta de dinosaurios y estaba trepado sobre una escultura que costaba más de lo que yo ganaría en diez años.
—Baja ahora mismo, despacio —caminé hacia él con cuidado.
—Mira, mami —dijo, ignorándome.
De pronto saltó.
—¡LEO! —grité, mi corazón se detuvo un microsegundo.
Cayó con las rodillas flexionadas, sin un rasguño, eso me indicó que no era la primera vez que lo hacía.
—¿Viste? No me pasó nada —sonrió, orgulloso.
—A mí sí —respondí, llevándome la mano al pecho— me acabas de quitar diez años de vida.
Lo tomé del brazo y lo jalé hacia mí.
—Leo, esto no es un parque, las cosas que están aquí no se tocan, no se trepan y no se usan de trampolín.
—Pero está aburrido, no hay nada.
—Hay arte.
—El arte es aburrido.
—El arte paga los nuggets que te gustan comer.
Sus ojos se iluminaron.
—¿Con papas?
—Sí, con papas, pero si rompes algo, comemos aire.
—No me gusta el aire.
—A mí tampoco, por eso coopera.
Se quedó pensando un momento.
—Mami…
—¿Qué?
—¿Yo tengo papá? —Palidecí.
Sabía que esa pregunta llegaría, pero no creí que tan pronto, nunca sería un buen momento.
—Claro que tienes —respondí, acomodándole la camiseta— todo el mundo tiene.
—¿Y dónde está? Mi amiguito del parque siempre juega con el suyo.
—Trabajando —dije— muy lejos.
—¿Más lejos que la tienda de nuggets?
—Mucho más lejos, mi amor.
Se quedó en silencio.
—Ah —murmuró— cuando venga le voy a enseñar a saltar como yo.
Sentí algo raro en el pecho.
—Primero aprende a no romper cosas —le di un golpecito suave en la frente—. luego vemos.
Asintió muy serio tres segundos después intentó tocar un cuadro con la punta del dedo.
—¡Leo!
—Solo estoy viendo.
—Se ve con los ojos, no con las manos.
—Pero mis manos también quieren ver.
Cerré los ojos un segundo, respira, Sienna, respira.
En ese momento, escuché que alguien se acercaba.
—¡Sienna!
Giré la cabeza y vi a Maya caminando hacia mí.
—¡Tenemos un problema!
Genial, justo lo que necesitaba.
—Dime que no se rompió nada —le dije antes de que hablara.
—No, es algo peor, el nuevo dueño viene hoy, está en camino, llega en cualquier momento.
Miré a Leo, que intentaba abrir una puerta que no debía abrir.
—Hoy no —murmuré.
—Hoy sí, tienes que sacar a Leo de aquí ahora, nuestro nuevo jefe es muy exigente.
—¿A dónde lo llevo? La niñera tiene permiso toda la semana.
—Entonces escóndelo.
—Maya...
—Solo serán unos minutos.
No tenía una idea mejor.
—Leo —lo llamé— vamos a jugar a las escondidas, pero tienes que quedarte completamente en silencio, si haces ruido, pierdes.
—No voy a perder —dijo muy serio.
Lo llevé al fondo de la galería, donde había un pequeño cuarto de almacenamiento, y abrí la puerta.
—Te quedas aquí y no sales hasta que yo venga. ¿Entendido?
—¿Cinco minutos?
—Sí —mentí.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
—Voy a ganar —dijo, y se le iluminó el rostro.
—Claro que sí —le di un beso en la frente— eres el mejor escondiéndote.
—Como un ninja.
—Exacto.
Lo metí dentro y cerré la puerta, me quedé un instante parada frente a ella. Esto definitivamente iba a salir mal.
—Sienna —dijo Maya— ya llegó.
Tragué saliva, me acomodé la ropa, me pasé una mano por el cabello y caminé hacia la sala principal.
La puerta se abrió lentamente, primero vi unos zapatos perfectamente lustrados, luego un traje oscuro hecho a la medida que se ajustaba perfectamente a unos hombros anchos.
Alcé la vista hasta su rostro, y en ese momento sentí que el suelo se inclinaba.
Frente a mí estaba Aidan Volkov.







