Punto de vista de Sienna
La mansión se había convertido en una completa fortaleza, pero por primera vez en mi vida, no me sentía asfixiada.
Esa tarde estaba en el despacho, recargada en el borde del escritorio, mirando a Aidan.
Él estaba parado frente al pizarrón, trazando rutas con un marcador negro. Llevaba la camisa arremangada hasta los codos y el ceño fruncido, dejó el marcador, se giró hacia mí y apoyó las manos en el escritorio, acorralándome.
—Tienes ojeras —me dijo.
—Y tú no has dormi