Al otro día muy temprano, el sonido de un motor lujoso rompió la tranquilidad del Rancho Blackwell. Tony, que estaba en el establo alimentando a los caballos, se asomó para ver un flamante Porsche plateado levantando una nube de polvo en el camino de entrada.
— Vaya, vaya —murmuró para sí mismo— parece que el circo llegó al pueblo, y yo sin mis palomitas.
El auto se detuvo frente a la casa principal, y Tony observó con una mezcla de curiosidad y recelo cómo dos figuras emergían del vehículo.
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