Narrado por Mia Blackwood
El zumbido de la abstinencia seguía ahí, un parásito que devoraba mis nervios, pero la neblina de las alucinaciones se había disipado lo suficiente como para dejarme en una lucidez hiriente. Estaba sentada en el borde de la cama, con los brazos rodeando mis rodillas, cuando la puerta de mi habitación se abrió. No fue el paso ligero de una enfermera. Fue un eco pesado, coordinado, una vibración que conocía desde que tenía uso de razón.
Dominic y Spencer entraron como