Narrado por Mia Blackwood
El despertador sonó como un martillazo en mi cráneo. Tenía la boca seca, un sabor amargo a champán barato y, lo peor de todo, un recuerdo punzante que me hacía querer enterrarme viva: Liam Donovan me había visto llorar. No solo eso, me había sostenido mientras yo me deshacía en pedazos como una principiante en el asiento trasero de su coche.
Me senté en la cama de golpe, ignorando el mareo.
—Maldita sea —susurré, frotándome las sienes.
Había roto la regla de oro de los