Leonardo llevó a Alessa a la casa de sus padres. El trayecto fue silencioso, con Alessa sumida en su dolor y Leonardo preocupado preso de la preocupación por el abuelo y por la tormenta que se avecina. La mansión, habitualmente llena de vida, ahora parecía un mausoleo, fría y desolada. Al entrar, el eco de sus pasos resonaba en los pasillos vacíos.
—Alessa, necesitas descansar —dijo Leonardo con suavidad, tomando su mano para guiarla hacia su habitación.
Alessa no respondió, solo dejó que la lle