Elena había sido dada de alta hace un mes, y Francesco se había instalado en el apartamento para cuidarla. La luz del sol se filtraba a través de las cortinas, iluminando el salón con una calidez que contradecía la tensión en el aire. Elena, aún pálida, descansaba en el sofá mientras Francesco le servía un té caliente.
— ¿Cómo te sientes hoy, Elena? —preguntó Francesco, sentándose a su lado y tomando su mano.
—Me sentiría mejor si te atrevieras a tocarme —dijo Elena, mirándolo con reproche—. No