Elena no se permitió pensar en lo ocurrido la noche anterior.
No porque no tuviera importancia, sino precisamente porque la tenía. Y en su mundo, aquello que tenía peso debía ser controlado antes de ser procesado. No podía darse el lujo de analizar cada detalle, cada gesto, cada segundo que había alterado un equilibrio que hasta entonces había mantenido con una precisión casi absoluta.
Así que hizo lo único que sabía hacer en ese tipo de situaciones.
Lo dejó a un lado.
Al menos, en apariencia.