Elena comprendió que ya no estaba siendo observada.
Estaba siendo medida.
La diferencia no era menor, ni mucho menos irrelevante. Ser observada implicaba curiosidad, incluso cautela; ser medida, en cambio, significaba que cada una de sus acciones estaba siendo evaluada bajo un criterio que no había establecido ella misma. Y en un entorno como aquel, donde el poder rara vez se declaraba abiertamente, eso solo podía indicar una cosa: alguien ya estaba tomando decisiones basadas en lo que creía sa