El martes amaneció con una claridad casi implacable, como si la ciudad misma hubiera decidido no ofrecer refugio a nadie que tuviera algo que ocultar. Elena Cruz lo sintió desde el momento en que salió de su apartamento. No era nerviosismo lo que la acompañaba, sino una conciencia aguda de que cada paso que daría ese día tendría un peso distinto. Ya no se trataba únicamente de cumplir con su trabajo, sino de sostener su lugar frente a personas que estaban esperando, activamente, que fallara.
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