El silencio en la iglesia era abrumador, roto únicamente por el tenue murmullo de los invitados. A mi alrededor, todo parecía perfecto: las flores blancas adornaban el altar con delicadeza, la luz de los vitrales pintaba el suelo con un caleidoscopio de colores, y la música suave llenaba el aire. Pero mi corazón comenzaba a agitarse.
Miré mi reloj por tercera vez en los últimos cinco minutos. Tiara debía haber llegado hace veinte minutos. Sabía que la puntualidad no era su fuerte, pero esto...