El hombre parpadeó repetidamente, mostrándose confundido e indignado.
—¿Qué... dijiste? —cuestionó con voz autoritaria.
—¿Acaso también eres sordo? —encaró Jordan—. ¡Dije que quites tu maldito trasero del piano! —resaltó, esta vez con más fuerza.
El señor se puso de pie y se acercó al chico, inclinándose hacia su rostro con una expresión de desafío.
—¡Hic! ¡Insolente! ¿Cómo... cómo te atreves a hablarme así, eh? ¿Quién te... crees que eres? —regañó, clavándole el dedo índice en el pecho. Estaba