Los disparos seguían retumbando como una tormenta infernal que no daba tregua y las paredes ya no eran más que un eco de pistolas y muerte. Reinhardt avanzaba entre los cadáveres y las manchas de sangre fresca, abriendo puertas a patadas, revisando habitación por habitación, buscando rostros que no aparecían.
Jasper no estaba por ninguna parte, Jordan tampoco, y Zaid, ese bastardo, mucho menos. Pero Reinhardt no se detendría con tanta facilidad.
Fue entonces cuando escuchó una voz a lo lejos, u