A Reinhardt le bastó girar la esquina para volver a encontrar más hombres de Zaid, pero esta vez no dudó ni por un segundo. Sujetó con fuerza al bastardo que lo guiaba y lo colocó al frente, utilizándolo como escudo humano.
El cuerpo del traidor se estremeció cuando unas cuantas balas lo perforaron, una tras otra, en una ráfaga sucia y salvaje. Reinhardt aprovechó el instante, se agachó, apuntó con precisión y disparó. Cada bala suya sí encontraba el blanco. Uno por uno, los enemigos cayeron si