—¡Eres una estúpida! —espetó Zaid, antes de empujarla brutalmente.
El golpe la lanzó de espaldas contra el suelo, y un desgarrador grito escapó de su garganta. El dolor se le clavó en la columna como si mil cuchillas se encajaran a la vez. Sus heridas, aún frescas y maltratadas, ardieron con una intensidad insoportable. Eso era exactamente lo que Zaid buscaba: verla retorcerse, quebrarla donde más dolía.
Se acercó a ella con paso decidido, como si el sufrimiento ajeno le alimentara el alma marc