Reinhardt soltó un bufido bajo y pasó una mano por su cabello con un gesto de cierta frustración. Allí estaba Jordan, en su cama, profundamente dormido como si nada hubiera pasado. Reinhardt había pensado que, después de todo lo ocurrido con Zaid, las cosas cambiarían, que Jordan se mostraría más obediente, que entendería su lugar, que dejaría de desafiarlo. Pero no. Jordan seguía siendo el mismo terco de siempre, insistiendo en hacer lo que le venía en gana, ignorando las órdenes de Reinhardt