Dos puertas de madera que se abrían frente a sus ojos. Crista suspiró. Incluso si por todo lo que había pasado la había hecho caer, la había hecho quedarse sin fuerzas, eso era lo que menos debía de mostrar frente a los dos hombres que ya la esperaban y que sonreían al verla ahí, frente a ellos.
—Un gusto verla aquí una vez más, señorita Cristal Bennett —dijo Enrique.
—Adelante, hija, adelante —dijo el señor Brown con ternura.
Eso era lo que aquella mujer joven de mirada triste le provocaba