72 - Un hogar.
El coche negro avanzaba con suavidad por las calles iluminadas por el sol. Anaís miraba por la ventana, intentando calmar la curiosidad que comenzaba a apoderarse de ella. Ernesto había insistido en conducir él mismo, algo que rara vez hacía, y el destino era un misterio que solo él conocía. Finalmente, incapaz de contenerse, Anaís rompió el silencio.
— ¿A dónde me llevas? — preguntó, cruzando los brazos con una expresión mezcla de desconfianza y ternura.
Ernesto sonrió, pero no apartó la vista