—¡Llevo horas aquí afuera! ¿Alguna vez van a dejarme entrar?
Severen gritó por encima del rugido de la lluvia, con todo el cuerpo temblando tanto que le castañeteaban los dientes. Tenía los puños apretados: mitad por el frío que atravesaba su ropa empapada, mitad por la humillación amarga y ardiente de saber que cada de Crassus en esa propiedad lo miraba como si fuera un insecto bajo sus zapatos.
Había querido ver a Wolfe Virelli. Pero Wolfe estaba en Alemania, inalcanzable. Y Sev no podía