—Me dijiste que te castigara. Que te atara. Que te encadenara. Que hiciera contigo lo que me diera la gana. No te atrevas a decir que lo olvidaste.
El deseo ardía en los ojos de Helios, una mirada que se pegaba a ella como miel caliente y espesa.
Grasya apartó la vista.
—¿Qué… qué tipo de castigo quieres darme? —Su respiración era entrecortada, el pecho subía y bajaba demasiado rápido. No sabía si el temblor que la recorría venía de la tensión que se enroscaba en sus huesos o del peso abrasador