Perseia abrió la boca de nuevo. Seguían sentados a la larga mesa del comedor.
—Grasya…
Helios gruñó y le lanzó a su gemela una mirada afilada. Realmente no sabía cuándo parar. Tantas preguntas. Tantas palabras.
—Una palabra más —advirtió en voz baja—, y te envío de regreso a casa de nuestros padres.
Perseia arqueó las cejas, nada impresionada.
—¿Cuál es tu problema? ¿No se me permite hablarle a tu prisionera? ¿Está reservada solo para ti? ¿Tienes miedo de que olvide cómo usar la voz?
—Dej