—Escuché que por fin atrapaste a uno de los conductores de la caravana del atentado. —Fue directo al grano, después de volar desde Manila sin mostrar el más mínimo rastro de cansancio. Se sentó en el sofá frente a él y cruzó sus largas piernas con gracia—. ¿Es verdad?
—Sí. —Su tono fue tan plano y vacío como su rostro. No reveló absolutamente nada.
—¿Dónde está ahora?
Helios levantó ligeramente una ceja.
—Muerto.
—¿Qué? —Sus ojos se abrieron como platos—. ¿Quién lo mató?
—Yo.
—¿Por qué?