Sus manos eran suaves, aunque podía sentir cierta aspereza en los dedos índices, no le costó mucho llegar a la conclusión de que se debía a tanto disparar sus arma, algo que debería pertúrbala, ¿Cuántas personas había matado ese bello rubio? No lo sabía, y quizás, nunca lo quiera saber.
Era inevitable que su mente divagará, tenía tanto que pensar, tanto que organizar y planificar, pero ahora, solo era gelatina en las manos de aquel mafioso.
— Dios. — susurro sobre los labios sonrientes de Lukya