Los nombres retumbaron en la sala. Valeria, sentada con la espalda erguida, no apartaba la mirada del frente. Sabía que Enzo estaba justo al otro lado; verlo sería su perdición.
Por su parte, el hombre parecía un volcán contenido, sus manos no se quedaban quietas, mostrándose ansiosas por tocar. Quería tocar a la mujer que tenía al lado, hacerle saber que tres años no habían bastado para olvidarla y que, a estas alturas, dudaba mucho de poder hacerlo.
El abogado de Valeria se puso de pie con seguridad. Su porte demostraba confianza. Sabía bien lo que hacía, y la mujer no pudo evitar, en silencio, agradecer a Rodrigo. Él le dijo que le conseguiría al mejor abogado, y no dudaba de que lo hubiera hecho.
—Su señoría, mi clienta ha solicitado este divorcio por una acumulación de faltas de respeto, de vejaciones y de humillaciones públicas por parte del señor Dubois. Como prueba principal —levantó una carpeta—, presentamos este conjunto de imágenes y correos electrónicos donde consta una