Los nombres retumbaron en la sala. Valeria, sentada con la espalda erguida, no apartaba la mirada del frente. Sabía que Enzo estaba justo al otro lado; verlo sería su perdición.
Por su parte, el hombre parecía un volcán contenido, sus manos no se quedaban quietas, mostrándose ansiosas por tocar. Quería tocar a la mujer que tenía al lado, hacerle saber que tres años no habían bastado para olvidarla y que, a estas alturas, dudaba mucho de poder hacerlo.
El abogado de Valeria se puso de pie con