Abajo, Santiago acababa de llegar. Al verlo, Laura, que estaba limpiando, se apresuró a recibirlo y extendió las manos para ayudarlo con las bolsas.
Santiago, viendo su rostro afectuoso, sonrió levemente. —Yo puedo con esto. Si ya has terminado tus pendientes, ¿por qué no me acompañas a cocinar?
—¡Claro! —respondió Laura, sintiendo una extraña nostalgia.
Durante estos tres años, sin importar cuán ocupado estuviera Santiago, siempre cocinaba al llegar a casa.
Este Santiago le recordaba mucho a có