El mayordomo retrocedió esquivando su mano. ¿De dónde sacaba tanta confianza para llamarse señora de la casa cuando los Montero querían romper el compromiso?
Maite, furiosa por no conseguir el paquete, levantó en ese instante la mano para golpearlo:
—¡No eres más que un simple perro de los Montero! ¡Ni siquiera reconoces a tus jefes, no vales nada!
Santiago, sin poder contenerse más, le sujetó la muñeca con fuerza:
—¡Maite, cállate!
Él nunca había considerado a los empleados inferiores. ¿Con qué