Alejandro había golpeado a su hermano en el rostro. Fernando, incorporándose rápidamente, se acomodó el elegante saco y notó aquella botella de licor en las manos de su hermano.
— Veo que igual que siempre, no eres más que un niño mimado e idiota. — dijo Fernando con un deje de desprecio.
— Silencio, tú eres un maldito desgraciado que siempre se ha sentido superior a mí siempre presumiendo ser el orgullo de nuestro linaje, ¿Realmente crees que Aitana podrá amarte como si me amó a mí? Te llenast