La segunda alarma fue ignorada igual que la primera. Libi tenía tres y sus razones para levantarse ahora eran tan escasas como las flores en el desierto.
Y la flor a su lado tampoco ayudaba, sus manos parecían tentáculos. Era culpa del pijama acariciable.
Tercera alarma.
—No —se quejó Irum.
—Tengo clases... Y un examen.
Él la soltó por fin, el deber era el deber, eso era intransable por mucho que deseara tenerla en la cama hasta el mediodía.
—¿Por qué decidiste estudiar arte? Ser artista