En la acera y bajo el letrero luminoso del bar, Libi se afirmaba de un hombre para no acabar en el suelo. Era Alfredo, asistente de Yolanda, un moreno alto y bien parecido que se había bebido tres margaritas, pero se mantenía lo suficientemente firme para ser un buen soporte. Le susurró algo al oído y Libi rio a carcajadas.
El auto negro de Braulio se detuvo frente a la alegre pareja. El conductor bajó rápido, pero los gritos de Irum desde el asiento trasero les llegaron primero.
—¡¿Qué crees q