Libi despertó en su cama y, durante el tiempo que su vista tardó en distinguir el color del cielo, pensó que seguía en la casa luminosa de Lituania.
El amargor en su boca la hizo toser, tenía el estómago revuelto, apretado.
Estaba desnuda.
Saber cómo había llegado a la cama o en qué momento se había quitado la ropa perdió prioridad al ver las marcas que convertían su cuerpo en un campo de batalla. Abrasiones en los brazos, rasguños en el vientre, moretones en las piernas.
Había sangre salpicad