Aquel abrazo la reconfortó, para su sorpresa. Rodeó la cintura de Dober e inspiró hondo, llenando sus pulmones del aroma de aquel hombre; olía a lavanda, pero era un olor muy sutil y bastante fresco.
Su temblor se detuvo (llevaba horas con aquel miedo).
—Tranquila, tu mamá está protegida, no le harán daño —calmó Dober—. ¿Puedes contarme qué pasó en la aldea?
—Había un grupo de Exterminio —dijo Hiz con voz temblorosa—. Ellos sospecharon de mí.
Dober la abrazó con mayor fuerza y esto a Hiz la rec