Althea contuvo la respiración al encontrarse con la intensa mirada de Gavriel. Su expresión era demasiado sombría, peligrosamente ilegible. La furia en sus ojos se lo decía todo: no estaba convencido. No le importaba lo que ella estuviera dispuesta a ofrecer.
Él estaba sumido en un instinto asesino.
—Mátenlos...
Sin pensarlo, Althea agarró con sus propias manos la hoja de la espada que ahora apuntaba a Kael, tirando de ella hacia sí misma. En un movimiento rápido, presionó su pecho contra la