Marca
—Althea —gruñó Gavriel, agarrándola mientras su cuerpo se tambaleaba.

Su cabeza descansaba sobre su hombro, y su cálido aliento rozaba su piel.

—No… no, no, no —murmuró en voz baja. La abrazó, con una mano sosteniéndole la cabeza y la otra rodeándole la cintura—. ¡¿Quién se atrevería a hacer esto?! —escuchó a Gavriel gruñir, con voz ronca y furiosa—. No vas a morir en mis manos —gruñó entre dientes.

Althea sentía que se desvanecía. La habitación daba vueltas a su alrededor. Su vista se oscureció y cada respiración se volvía más difícil. Su cuerpo ardía internamente mientras el vino, convertido en veneno, se extendía por su sangre como un incendio forestal.

Entonces... de repente... lo sintió...

Algo afilado raspó la delicada piel entre su cuello y su hombro. Sus ojos se abrieron de golpe justo cuando sintió un dolor agudo y penetrante. Jadeó, con los dedos crispados por la sacudida.

—¿Qué? —intentó hablar, pero su voz falló.

No era un dolor cualquiera. Era una mordida. Su mordida… los colmillos de Gavriel habían perforado su piel.

El calor de su boca y la intensa energía que fluía a través de él inundaron sus venas como un rayo. Su corazón tembló y luego latió con fuerza. El dolor se intensificó, trayendo consigo una extraña sensación... una atracción como una fuerza imparable.

—¡MÍA! —gruñó él.

En el momento en que Gavriel depositó el cuerpo inconsciente de Althea en su cama y vio la sangre aún húmeda en la curva de su cuello por su mordisco, algo en su interior se quebró.

—Sobrevivirás. Quienquiera que haya hecho esto pagará. Quemaré el mundo entero por tocar lo que es mío.

Salió y se giró hacia su Beta, Osman, cuyo rostro palideció al ver la expresión de Gavriel.

—Sella el palacio —ordenó Gavriel, con un tono gélido y preciso—. Nadie entra ni sale. Encuentra a cada sirviente, guardias reales y a cualquiera que haya estado en la habitación de Althea desde el mediodía de hoy. Llévenlos a todos a la sala del trono de inmediato.

Osman respondió sin dudarlo: —Sí, Su Majestad.

En menos de una hora, el palacio se vio sacudido por el sonido de pasos blindados y gritos, llenando cada pasillo de tensión. Los guardias reales, el personal de cocina, las criadas e incluso Melv
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