La noche anterior había estado tan cansada que no supe cuándo me dormí. Xander debió cargarme hasta la habitación y cambiarme la ropa, porque amanecí en la cama y con una camisa de él como pijama. Me desperté antes de que saliera el sol, envuelta en el calor del apartamento de Xander, pero con el corazón inquieto. Dormir había sido un lujo intermitente en los últimos días, un ciclo de sueño ligero y pensamientos insistentes. Xander seguía dormido a mi lado, su respiración acompasada contrastaba