El café en la repisa estaba frío, olvidado hace horas. Había empezado a escribir un artículo para la revista en la que colaboraba de vez en cuando, pero no había pasado de las primeras tres líneas. El cursor parpadeaba en la pantalla, cada destello era una acusación muda: no puedes concentrarte en nada que no sea ella.
Era verdad.
Desde que Ivy me escribió anoche, desde que la escuché con esa mezcla de fragilidad y contención que sólo ella sabía conjugar, no había podido sacármela de la cabeza.